CUANDO ME PALPÉ UN BULTICO EN MI PECHO

Tenía diecisiete años cuando creí que iba a morir.

Tenía diecisiete años cuando creí que iba a morir. Tenía diecisiete años cuando me palpé un bultico en el pecho. Tuve miedo. Mucho miedo de no saber qué tenía. Miedo al imaginar que estaría enferma de cáncer. En aquel entonces no sabía que un bultico, o una pepita como yo llamo a las mías, no era sinónimo de cáncer. No sabía que debía realizarme estudios para comprobar si era algo benigno o maligno. Así que me quedé callada como lo hacen tantas mujeres por miedo y también por ignorancia.

Tenía dieciocho años cuando hablé. Los senos siempre me dolían. Y cada vez, el dolor se hacía más insoportable. Entonces, completamente espantada, le confesé a mi mamá en medio de un humor ácido, que creía que tenía cáncer porque tenía bolitas y me dolía.
—¿Cómo que tiene bolitas? ¿Dónde?
—Pues ma, eso. Bolitas en los senos— eran varias para ese entonces.

Creo que a mi mamá algo muy feo se le pasó por la mente porque se quedó callada mirándome. Solo mirándome. Yo, queriendo suavizar mi metida de pata, le dije (aunque yo misma estuviese aterrada) que no era para tanto. Ella, obviamente, me mandó para el médico. Saqué cita, y un médico más frío que el mismo frío, me palpó y me encontró varias. Me mandó orden de hacerme una ecografía mamaria, o una mamografía como también se le llama.

Tenía quistes benignos.

Afortunadamente el resultado fue bueno dentro de lo que cabe. Tenía quistes benignos. Ese mismo médico frío del que les hablé, cuando vio los resultados, lo único que hizo fue recetarme Vitamina C e Ibufrofeno. El Ibuprofeno al menos servía para calmar los dolores tan horribles que me daban, pero la vitamina C, aunque el médico me la vendió como la cura de todos mis males, no me sirvió de nada.

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Mis pepitas se adueñaron de mis senos, es decir, no pararon de salirme. Tomé Vitamina C como una obsesa durante meses pero no servía para lo que yo necesitaba. Así que dejé de tomarla.

Cuando terminé de estudiar mi tecnología, me mudé a otra ciudad para realizar las prácticas. Durante todo ese tiempo, hablo de casi dos años después de haber descubierto mis pepitas, nunca cesó el dolor por completo. Ya viviendo en la otra ciudad, me animé a ir de nuevo al médico ya que la empresa me pagaba salud, es decir, iría no como subsidiada sino como contributiva. Creí que al ser contributiva, recibiría mejor atención. Y para mi propio beneficio, así fue.

Este tipo de quiste que tengo, no se cura.

Me atendió un médico que me volvió a enviar una mamografía. Al revisar el resultado, me remitió con un cirujano. Ustedes no se imaginan el terror tan tremendo que experimenté. En mi mente, nada encajaba. Si eran benignos, para qué me tenía que ver un cirujano. Así que me puse como loca leyendo cuanta cosa aparecía en Google. Tengo una prima que es médico, y a pesar de que ella me decía que no me preocupara, no podía evitarlo.

Leí que este tipo de quiste que tengo, no se cura, al contrario, siempre crece. Y que la única solución era operarlo. Leí casos de mujeres atestiguando que habían sido operadas hasta ocho veces y mostraban fotos de sus senos llenos de cicatrices. Imaginen mi espanto. Y todavía no me veía el cirujano.

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Llegó el día de mi cita. Ese cirujano me encantó. Fue franco, pero amable. Me dijo que lo de la Vitamina C podía servir para muchas cosas, pero no para disminuir o quitarme los quistes. Y que la única solución viable era operarme. Pero que lastimosamente, solo autorizaban el retiro de dos quistes por cirugía. Así que no podía quitármelos todos al tiempo.

Todo parece aterrador cuando no te informas.

La cirugía fue ambulatoria, es decir, te puedes ir a tu casa una vez terminen de hacerla. En mi caso, la experiencia fue terrorífica. Antes de que me anestesiaran, todo mi cuerpo temblaba del solo pavor que sentía. Luego el tener que sentir que te están abriendo (aunque sin dolor por la anestesia), ver y oler el humo de carne quemada, y sobre todo, escuchar a médicos y enfermeras conversar entre ellos de cualquier tema.

Me retiraron dos quistes en ese entonces. Luego no quise someterme a más cirugías ya que el mismo cirujano me dijo que las siguientes serían decisión mía. Que si definitivamente el dolor se hacía insoportable, recurriera de nuevo al quirófano, antes no. Debo tener algunos cuidados, ya que al consumir cualquier cosa con demasiadas hormonas, el dolor empeora, al igual que el crecimiento de los quistes. Por ejemplo los anticonceptivos para mí están vetados.

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Lo que quiero dar a entender al contarles mi experiencia es que todo parece aterrador cuando no te informas, o cuando no te dan la mejor información. No me alcanzo a imaginar cómo se sienten las mujeres que sí sufren cáncer de mama. Si yo, que solo tengo quistes benignos, pasé una de las peores experiencias que he vivido en mi vida, no logro suponer o imaginar cómo se sienten las guerreras que enfrentan un cáncer de mama.

Al hacerme autoexamen, pude detectarlos cuando no eran demasiado grandes.

Ahora tengo veintiséis años. Me detectaron quistes benignos en ambos senos cuando tenía diecisiete. Afortunadamente, al hacerme autoexamen, pude detectarlos cuando no eran demasiado grandes. Las dos cicatrices que tengo (no quiero que suene vanidoso, pero es algo que nos importa a las mujeres), no superan los dos centímetros, y son casi invisibles. Pero sé de casos de mujeres que aunque son quistes benignos, son muy grandes porque no los descubren a tiempo, y la cirugía para retirarlos lleva muchas más horas. Y las cicatrices son mucho más grandes que las mías.

Así que mi invitación es a que te toques. Sí, tócate. Examínate. Sé que puede dar vergüenza o miedo, pero tu salud es tuya, y eres tú quien debe dar el primer paso siempre.

Acerca de Jarhat Pacheco

Joven escritora colombiana.

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